Salí corriendo del salón de clases para que mis ojos vieran lo que estaba pasando, pues los gritos de los estudiantes me engañaban sobre la realidad de la situación. Han pasado muchos llantos, y también muchos pecados, pero aún extraño el color azabache de su cabello. Aunque la luz formaba figuras en mi cráneo, que se interpretaban como geometrías conocidas, no podía creer que Laura había sido atropellada, y su cuerpo yacía inerte, pero conservaba su infinita belleza que mi alma veía como salvación. Entre los cientos de estudiantes de la universidad, y los dealers que se camuflaban como vendedores ambulantes, entre la muchedumbre y el conjunto incontable de almas que corrían por el pan del día, tuvo que ser mi Laurita.
El chofer del camión, dándose a la fuga por al menos dos cuadras, hasta que lo atraparon estudiantes de computación del undécimo semestre, que sólo se juntaban afuera de la papelería para probar la nueva droga sintética que llegaba a la ciudad, imbéciles pensaban que se trataba de marihuana. Le propinaron al chofer una golpiza que le dejó ciego de un ojo, y con un sólo riñón para subsistir toda su vida. Por cada patada y gancho que recibía, yo sólo pensaba, ¿Podrá mantener una familia con sólo un ojo? ¿Qué clase de trabajo consideraría a alguien legalmente ciego? ¿Encontrará alguien que le done un riñon? ¿Cuál es el precio de un riñón? ¿Y cuánto vale la vida misma?
Había usado ese camión con anterioridad. Era la ruta 65, con su color amarillo y sus franjas rojas en forma de flecha era totalmente reconocible, aunque fuera a casi 100 kilómetros por hora. Llevándome de norte a sur por la ciudad con tan sólo 6 pesos. Me sentía afortunado, pues seis pesos mas o seis pesos menos hacían la diferencia en mi economía como no parpadear por algunos segundos, a pesar de ser estudiante foráneo que acababa de perder mi empleo en el supermercado, pues me encontraron envolturas de chocolates en mi mochila, que jamás pagué, ni pagaré jamás.
Hacía cuentas mentales para calcular la posible ganancia de los choféres, que claramente mantenían familias, como es el caso de Don Ernesto Carillo, ahora ciego de un ojo y con deficiencia renal, quién trabajaba desde hace 30 años en el colectivo con ruta al centro. Pude reconocer que era padre de familia, pues al ver el cuerpo de mi Laurita, traté de asociar el acontecimiento a las fuerzas caóticas de la naturaleza, reuniendo cualquier prueba de que eso le haya pasado a ella y solo a ella, incluyendo memorias fragmentadas del interior de la unidad de Don Ernesto. Tapiz azul y aterciopelado, en excelente estado. Las ventanas tenían cubiertas contra la luz del sol, algo que jamás agradeceré lo suficiente a Don Ernesto. Su camión estaba siempre impecable, parecía su unidad privada, pero ni juntando el dinero que ganó en esos treinta años podía pagar la mitad del camión.
Hace exactamente 10 años, Don Ernesto formaba parte de las protestas en el centro histórico que reclamaban al entonces presidente del país por la desaparición forzada de dos choferes de la misma ruta. El entonces presidente, sumergido en un mierdero hasta el cuello, ordenó a los antimotines dispersar la manifestación, en donde Don Ernesto había sido herido por una bala de goma en el nervio femoral, por proteger con su cuerpo a una reportera de unos veintiún años de edad, que hacía su internado en el canal de noticias mas amarillista de la historia del país. Mas por coincidencia que por destino, la jóven reportera tenía también el cabello color negro profundo, o era yo tratándo de encontrar sentido a esta historia.
Don Ernesto fue a rehabilitación por dos meses, pero los pocos ahorros de la familia le obligaron a retomar el trabajo de chofer. Despertaba cada mañana a las 5:30AM, para comerse su cereal con leche y rebanadas de plátano que amaba desde niño. Mientras absorbía el cereal antes de que este se aguadara formando una espesa capa de engrudo, recordaba cuando jugaba canícas con sus primos, y se preguntaba por qué nunca los veía con el uniforme de la primaria. La última vez que los vio, recordó haberle dado su bombocha favorita a su primo Raúl, que era unos dos años menor que el, pero con una mente mucho mas madura que la de Don Ernesto, pues trabajaban desde los inocentes cinco años vendiendo periódico en la estación de metro mas cercana a su colonia. “Voy a poner esta bombocha en la playa”, recuerda Don Ernesto las últimas palabras de Raulito, que escuchó de sus padres iban a Estados Unidos en búsqueda de un mejor futuro. Nunca supo mas de sus primos, pero en su imaginación aún inocente, sus primos eran ahora empresarios de un medio periodístico y de noticias, y seguía esperando que lo contactaran de algún modo. ¿Qué serán de todas esas almas cuyos caminos divergen de los nuestros? Sólo podemos desearles lo mejor, con un abrazo sincero deséando que el próximo sea desde una vida mejor, o al menos, una vida menos difícil.
Mi Laurita era hija única de una familia de médicos bien establecida en la capital, no teníamos nada en común. Yo venía de una familia acomodada de periodistas, amante de los boleros rancheros y de la literatura, ella de la música popular y de la política, mi color favorito, el negro, el suyo, el lila. Yo odiaba las enchiladas, los chilaquiles, las dobladitas, odiaba las tortillas mojadas. Ella, de buen diente, amaba a la comida como concepto, encontraba refugio en cocinar para sus papás, pues sólo así, entre sonidos de cucharas azotando el plato y sorbos de café con leche, escuchaban de su día a día. Sólo compartíamos amistades en común. Pero no fue sino hasta que, por tragedia o por destino, un día nos encontramos en el boliche y la hice reír tanto que su manera de agradecerme fue otorgándome su virginidad. Siempre fui ajeno al cuerpo femenino, pues estaba ocupado divagando en mis pensamientos, tratando de justificar mi falta de habilidad con el sexo opuesto. El pago que me dió fue totalmente recibido, y solo esperaba el amanecer para invitarla al café que juré invitar a mi primer amor. Ella era el amor de mi entonces vida, mientras nuestros cuerpos se experimentaban mutuamente, yo pensaba en jurarle lealtad y amor eterno, me imaginaba muchos años después leyendo nuestra ya escrita historia, que le daba sentido a lo romántico y le daba voz a la esperanza. Nuestra historia se desenvolvió tan natural como un nudo de seda, y con los días, una nueva aventura de besos y caricias, en mi departamento o en el suyo, en el carro de sus papás, en el vagón del metro, en el salón de clases. Fuego no faltaba, pero si faltaban horas en el día. No podía esperar para oler su cabello color carbón, y rozar sus hombros de leche con la punta de mis dedos.
El Capi, como le decían sus subordinados, poco le importaba que acababa de perder al amor de mi vida en circunstancias idealmente trágicas, y me forzaba a declarar todo lo que había visto, que si deseaba levantar cargos por homicidio contra Don Ernesto, que desde cuando conocía a Laura.
¿Conocí o conocía a Laura?
La primera vez que me rompió el corazón, fue cuando se le hacía tarde para ir con sus padres que vivían en una ciudad costera. Ni todos los modelos matemáticos podían predecir la manifestación que cerró las avenidas principales, haciendo que todo se retrasara al menos una hora. Cuando llegamos, los ojos de odio que Laura depositaba en mi me hacían sentir inmóvil e indefenso. ¿Por qué me mira así? ¿Me estará culpando por la manifestación? ¿O me culpa de que se hizo tarde pues me quedé dormido y no la recogí a tiempo, pues trabajé horas extra, la madrugada del día anterior para ahorrar dinero e invitarla a ver la película basada en la obra existencialista de Camus? ¿O será por que quiere ver con ansias a su familia, ya que se enteró por sus primos que sus papás pelearon otra vez, y que su papá vive ahora en otra casa? No supe nunca de donde venía ese odio que depositaba en mi, pero me hizo sentir tan pequeño y tan indefinido que cuando me culpó directamente que iba a perder el camión por mi culpa, fue un golpe tan bien dado que quebrantó mi corazón en mil pedazos. ¿Se puede amar y odiar al mismo tiempo? Me cuestioné toda mi realidad y desconocí la persona con nombre Laura, si no fuera por el irresistible olor de su cabello, podría olvidar hasta quién era yo.
Pero yo seguía pensando en la desafortunada familia de Don Ernesto, ¿Será que su hija sufra el mismo destino que sus tíos? No podía pensar mas, quería refugiarme en el olor del cabello de Laura, pero me llegó la realización como una bala de cañón en el abdomen, jamás podré oler su cabello otra vez. Y me solté a llorar, y llorar tanto que los remanentes de mis lagrimas aún circulan por las avenidas congestionadas de la ciudad, desbordando la pobre infraestructura incapaz de contener los volúmenes de agua salada provenientes de mi cara. Lloraba por que perdí mi lugar, fui desalojado de mi refugio.
Esa misma mañana, Don Ernesto no pudo levantarse de su cama, que era la misma que le dejaron sus padres antes de desaparecer dejándolo a su merced a sus 18 años. Se levantó 5:53am, no por pereza o falta de disciplina, sino por el dolor en su pierna, heredado de esos días de manifestación en búsqueda de la justicia. Podía faltar dinero en su casa, pero jamás el buen humor, le comentaba a su esposa, Martita como le dice de cariño: “He manejado tanto el camión, que ahora tengo que esperar veinte minutos después de prenderlo para que pueda funcionar, al igual que mi pierna.”
Martita es ama de casa, dedicada totalmente a su hija Elena, estudiante de bachillerato, artista innata ganadora del premio a la mejor poesía 2017 de su escuela, con su poema “Sal a la herida”:
“Gatito querido, negro de mi alma,
no te muevas de mi regazo, dame calorcito
cumple mis sueños y dame mucha calma
Ven aquí hermoso minino, regocíjate con mi alma
pero sobre todo, protege a mi familia, ve a dormir a su cama
Ama a mi papá, da felicidad a mi mamá
lame sus botitas, y limpia la sal de sus heridas”
Pero la verdadera artista es Doña Martita, que le enseñó Elena todos sus conocimientos artísticos desde que era pequeña. Poco se sabe de Doña Martita, se creía que era muda, pues nunca dirigió la palabra a sus vecinos. Pero su familia es muestra de que el amor provee una cohesión social mas fuerte que la desigualdad de condiciones. Don Ernesto de 11 años conoció a Martita en la ferretería, unos 3 años menor que el, jugaba a los carritos usando piezas de metal pintados en diferentes patrones. Incluso tenían ruedas, y las ruedas rodaban. Ya Martita expresaba su potencial artístico. Don Ernesto contaba que Martita tenía una colección infinita de pinturas, algunas de su propia creación, pero era un misterio de donde sacaba el dinero para la pintura y los materiales. Curioso que Martita era de cabello dorado y ojos verdes, algunos dicen que era hija de una pareja de artistas que buscaron refugio en México después de la ocupación nazi en Alemania, otros dicen que sus papá era pastor de una iglesia cristiana en la sierra de otro estado, descendiente de europeos. Pero eso importaba poco, pues Martita es mexicana.
Eran alrededor de las 2pm, Don Ernesto ya no aguantaba el dolor de la pierna, marcó a su mejor amigo Paco para que lo relevara esa tarde, pero Paco, nada fuera de lo normal, estaba perdido en los vapores del alcohol, escurrido en un callejón sin salida. Cuando no hay salida, no hay nada que perder. Paco jamás contestó sus llamadas de emergencia, pero Don Ernesto sentía que la pierna le iba a explotar en cualquier momento. Decidió dejar la unidad estacionada en la parada afuera de la universidad, no la apagó pues si lo hacía debía esperar media hora a que iniciara, como su pierna. Pero cuando trató de levantarse de su asiento, un calambre hizo que la pierna sumiera toda su fuerza en el acelerador. Laura, con sus audífonos negros, siempre en sus oídos para aislarse de su realidad, y escapar de esta, no escucho el claxon del camión, pero lo vio por unos segundos, suficientes para quitarse del camino, para rodar y correr, escapar de la muerte. Pero vió a la muerte fijamente a los ojos, y encontró en ella un atractivo tan particular que se sintió seducida, cayó enamorada. Imaginó todos los problemas que podían ser automáticamente resueltos, que no tenía que elegir entre su padre o madre, no tenía que cortar la relación conmigo, ni pasar su clase de francés, no tenía que seguir escondiendo que fumaba, ni esconder que tuvo una aventura con una amiga el verano pasado, donde confirmó su bisexualidad. La culpa la carcomía, pero los escenarios con su amiga le aceleraban el corazón tan rápido que revivía esa noche oscura y el olor del alcohol llegaba hasta excitarla. Jamás se sintió culpable, y jamás la culpé. Pues era parte de su naturaleza, esa hostilidad innata que siempre la caracterizó. Ese ímpetu de destruir lo que es bellamente construido, de desechar la estabilidad y firmeza, de acabar con lo establecido. Le atraía destruir lo hermoso, lo genuino. En su mente distorsionada, se imaginó destruirse a si misma, pues iba a acabar con su hermosa existencia, e iba a romper no sólo mi corazón, pero el de su amante de verano, el del chico con el que se mensajeaba y que la esperaba en Francia ese año, el de su padre, y finalmente, el de su madre.
El camión golpeo a Laura tan fuerte que no quedó rastro de los audífonos negros, y después de golpearla tan duro para acabar con cualquier vida humana, impactó contra el muro de la universidad, que tenía pintado un rostro de Karl Marx. El rostro de Marx quedó manchado de la tenue sangre de Laura, haciendo homenaje a la ideología comunista. Laura fue antisistema inclusive en la muerte. Don Ernesto, sin comprender lo que acababa de pasar, entró en pánico total, comenzando a correr aun arrastrando su pierna inmóvil, como tratando de escapar de la miseria de la vida, pensando en alcanzar a sus primos en Estados Unidos, viviendo una vida plena y sin carencias. En realidad, no pensaba, sólo corría. Los estudiantes de computación sólo requerían de un pretexto para emanar su odio y lastimar a la vida, y Don Ernesto fue presa fácil. El primer golpe lo tiró al piso, el segundo fue directo a su cabeza, los demás fueron tantos que no se pudieron contar, sólo se pudieron medir por el daño tan extenso.
En una pausa para tomar aire mientras recargaba energías para continuar con el infinito llanto, vi a Don Ernesto en una esquina de la comandancia, esposado y sentado en una silla de plástico apunto de quebrarse. Mirada perdida hacia la nada, recordando como ese día la pierna le dolía de manera inusual, de haber escuchado a su cuerpo, aún tendría yo al amor de mi vida pasada. Laura iba saliendo de su clase de francés, o eso me decía, pues me enteré semanas después que jamás regreso a la clase después del tercer día. Venía del parque, se sentaba por media hora a fumar dos cigarros mientras escuchaba música, pensaba en su próximo viaje a Europa, en el pretexto que me iba a dar para no pasar nuestro aniversario juntos. Yo era su vehículo, le reafirmaba su belleza, le recordaba el existente deseo por el cuerpo femeninio. Y yo aceptaba esa dinámica, pues me presentaba ante lo desconocido en forma desarmada, ¿Cómo decir no, cuando la belleza nubla la razón? Iba al parque a fumar, pero sobre todo a pensar las formas en que podía terminar. Estaba decidida desde hace mucho, pero aun conservaba humanidad, y sabía que yo no tenía a nadie en esa ciudad, ni tenía refugio, ni lugar donde pertenecer.
En un descuido burocrático del Capi, fui a conocer al homicida del amor de mi vida, al destructor de mis deseos y productor de mis pesadillas. Antes de siquiera abrir el cuarto donde estaba recluido, y golpeado, percibí su mirada de confusión y arrepentimiento infinito, como si sus ojos quisieran revivir a Laura. Me senté frente a el, le ofrecí por instinto un pedazo de papel y que limpiara sus heridas. No dijimos ni una palabra, pero conocíamos nuestras historias. Éramos tan parecidos, tan inocentes, pero en circunstancias opuestas. Me vi en el, y espero que el haya visto su juventud en mi. Me di cuenta que las llaves de sus esposas estaban en el escritorio cruzando el pasillo. No pensé nada, sólo me deslicé por ellas, y en un parpadeo liberaba a Don Ernesto de su jaula autoritaria. ¿Cómo ayudar a que salga de la comandancia sin ser atrapado?
Le expliqué: Haré un desmadre, y cuando todos estén distraídos, salga por la entrada principal, le dejo 200 pesos en su bolsa, pida un taxi y pídele que vaya tan lejos como pueda, de ahí, tome un transporte, después otro, y otro. No pare hasta que esté del otro lado de la frontera. Regresé a mi celda al aire abierto, esperando al Capi a que regresara de sus importantísimas tareas inútiles como su trayectoria. El Capi era policía federal, delegado a comandante de la policía municipal por sus múltiples abusos de autoridad, incluyendo un asesinato extraoficial. Era un policía totalmente corrupto, con un currículum comparable al de los criminales. Deseaba que el estuviera en el lugar mi Laurita. En su actitud prepotente, y su actitud justiciera, me llevó al patio trasero de la comandancia, y unos segundos después vi a Don Ernesto, siendo escoltado al mismo lugar. El Capi me susurró al oido, mientras deslizaba su pistola cargada en mi mano: “De aquí no sale nada, te estoy dando la justicia en tus manos”. Mi instinto animal hizo apuntar a Don Ernesto por unos segundos, cuya falta de reacción me hizo generar infinita empatía por el, pues ya se consideraba muerto en vida. Esto solo fue por un instante, ya que al tener la justicia en mis manos, decidí que era mas culpable el Capi por razones que aún desconozco. Apunté la pistola hacia su pecho, y el Capi, riendo de manera déspota, pensó que se trataba de una broma, seguido de insultos que jamás había escuchado en mi vida, procedí a jalar del gatillo. El capi recibió dos impactos de bala, por fortuna tenía su chaleco antibalas y sólo tuvo dos costillas rotas. En medio de la confusión, Don Ernesto se mezcló con la muchedumbre que pedía ahora mi cabeza, y salió corriendo por la salida del patio hacia el campo de tiro, cuyo fin estaba marcado por el cauce de un río. Don Ernesto olvidó su pierna lastimada, su ojo lacerado y su riñón destrozado, y corrió como si fuera ese niño que jugaba canicas. Mientras los policias me tiraban al piso, seguido de golpearme y usar mi cuerpo para eliminar su frustración, la figura de Don Ernesto se achicaba, se mezclaba con los helechos formando unicidad, se disminuía. Don Ernesto corría hacía una amarga libertad, lejos para siempre de su familia, se convertía en un fantasma. Me reconforta pensar que se encuentra con sus primos ahora, recordando los tiempos cuando jugar era sinónimo de existir.
